
En una escuela preescolar, la maestra Ann Hardesty McKinley trabaja la empatía de una forma sencilla y concreta. Ella explica que, a esas edades, decir “lo siento” suele ser una palabra vacía: los niños lo repiten, pero no comprenden lo que significa.
En lugar de obligar a pronunciar una disculpa automática, acompaña a sus alumnos a mirar al otro. Cuando un niño daña a un compañero —con palabras o acciones— la primera pregunta no es “¿lo hiciste a propósito?”, sino “¿estás bien?”. Muchas veces el niño lastimado responde que sí, pero en otras dice que no. A partir de allí la maestra invita a continuar: “¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?”. Y los niños van aprendiendo posibilidades muy concretas: ayudar a reconstruir una torre de bloques, ofrecer un abrazo, traer una toalla húmeda o, a veces, simplemente dejar espacio.
Con el paso de los meses la semilla da fruto: cuando alguien se cae en el patio, los compañeros corren espontáneamente a preguntar si está bien y a ofrecer ayuda. No buscan culpables; buscan reparar.
Este modo de educar coincide con una de las claves más profundas del Evangelio: la dignidad del otro y el cuidado mutuo. La Escritura enseña que la reconciliación no es solo decir palabras correctas, sino volver el corazón hacia el hermano. “Sobrelleven mutuamente sus cargas” (Gál 6,2). Para un niño, esa carga puede ser el llanto, el golpe o la frustración. Para el compañero, la tarea es aprender a ver, a escuchar y a acompañar.
Enseñar empatía no elimina el conflicto, pero transforma la manera de atravesarlo. En vez de castigo y vergüenza, ofrece relación y reparación. Y ese es el camino donde nacen la paz y la responsabilidad.


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