La noticia del rescate de una niña de nueve años, vecina de L’Hospitalet de Llobregat, tras pasar siete meses secuestrada en una zona remota de la selva boliviana, conmueve profundamente. La menor viajó a Bolivia con un vecino de la familia que se ofreció a llevarla de vacaciones durante una semana y, en lugar de regresar, fue retenida, obligada a trabajar y sometida a un auténtico infierno lejos de su hogar.

Cuando fue encontrada, las autoridades la trasladaron al Servicio Departamental de Gestión Social de Cochabamba, donde fue evaluada médicamente. Su estado físico era estable, algo que generó alivio inmediato. Sin embargo, junto a esa buena noticia surgió una pregunta inevitable: ¿cómo se encontraría emocional y psicológicamente esta pequeña?

Desde el punto de vista clínico y educativo, su historia reúne múltiples factores traumáticos: el secuestro, la separación de la familia y del entorno social, la desprotección prolongada y la agresión sexual. Este tipo de experiencias dejan secuelas profundas. Algunas remiten con el tiempo si se cuenta con apoyo social y psicológico adecuado; otras, en cambio, pueden volverse crónicas o difíciles de integrar.

El trauma en la infancia suele cursar por fases. Primero aparece una respuesta de shock emocional: embotamiento, lentitud, apatía. Cuando la conciencia se hace más clara, emergen emociones intensas como el miedo, la culpa, la vergüenza o la indignación. Más adelante pueden surgir recuerdos intrusivos asociados a estímulos concretos: un olor, un sonido, una imagen, una fecha. También son frecuentes la alteración del sueño, la desconfianza, la pérdida de autoestima y la dificultad para disfrutar aquello que antes proporcionaba bienestar.

Ante una situación así, el papel del entorno educativo es delicado y muy necesario. No se trata de sustituir a los profesionales de la salud mental, sino de acompañar al niño o niña en su proceso de recuperación y readaptación. La pregunta clave que podemos hacernos es:

¿qué estrategias ayudan a reconstruir una vida que ha sido herida de forma tan profunda?

Entre los recursos que favorecen un afrontamiento saludable destacan:

  • Aceptar que el hecho traumático ha ocurrido.
  • Compartir el dolor dentro de un marco seguro.
  • Reorganizar la vida cotidiana y el sistema familiar.
  • Establecer nuevas metas y vínculos.
  • Buscar apoyo social significativo.
  • Participar en grupos de ayuda mutua u organizaciones.

Por el contrario, cuando no existe apoyo adecuado pueden aparecer estrategias de afrontamiento desadaptativas como el aislamiento, la culpa persistente, la fijación en el pasado, la búsqueda de venganza, el consumo de sustancias o el desgaste asociado a procesos judiciales interminables.

Como recuerda Enrique Echeburúa, experto en violencia contra niños, sucesos de este tipo dejan huellas devastadoras y hacen a la persona más vulnerable a trastornos mentales y enfermedades psicosomáticas. De ahí la necesidad de una intervención multidisciplinar en la que colaboren trabajadoras sociales, psicólogos, educadores, psiquiatras, pediatras, abogados y profesionales del ámbito escolar.

Aquí es donde la fe puede convertirse en una fuente de sostén, no como discurso ni explicación, sino como lugar de amparo en medio del daño. La fe no borra lo vivido ni exige cerrar los ojos ante el trauma; más bien permite que la herida sea mirada con verdad, sin negarla y sin quedar atrapados en ella. Muchas familias y educadores descubren que, en situaciones extremas, la esperanza no es un optimismo ingenuo, sino la convicción humilde de que la última palabra no la tiene la violencia, sino la vida.

Quienes miramos la vida desde la fe conocemos bien esta forma de acercarnos al dolor. Jesús se acercaba a quienes habían sido heridos o humillados, no para pedirles que olvidaran, sino para restaurar su dignidad y devolverles un lugar en la comunidad. Ese gesto sigue siendo profundamente educativo: acompañar sin prisa, escuchar el dolor sin juzgar, sostener la fragilidad sin presionar. La fe ayuda a ver que una persona nunca queda reducida al daño que sufrió, y que incluso después del trauma es posible tejer vínculos nuevos, reconstruir confianza y recuperar el deseo de vivir.

Deseamos profundamente que esta niña reciba el acompañamiento necesario para rehacer su historia y redescubrir que la vida puede abrir caminos incluso donde parecía haberse cerrado.

Sanar no es olvidar; sanar es vivir más allá de la herida, con la certeza —a veces frágil y temblorosa— de que el sufrimiento no tiene derecho a definir para siempre quiénes somos.

Editado por Laura Román – Educadora Social.

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